martes, 6 de agosto de 2013

Campus que envejecen:


   

 En los últimos años, la Universidad de Panamá comenzó a preocuparse por el cambio generacional de su profesorado e iniciaron planes de jubilación anticipada. Los responsables tenían mucho cuidado de que no pareciera que rechazaban la experiencia y la sabiduría de los mayores, pero les preocupaba que se estuviera produciendo una especie de tapón generacional. El equilibrio entre la experiencia y la renovación nunca ha sido fácil. Mientras algunos defienden con uñas y dientes que el trabajo intelectual no tiene edad, otros reclaman la necesidad de la frescura que aportan los jóvenes, sobre todo en mitad de un proceso de cambio como el que afronta la Universidad de Panamá en estos momentos. En la actualidad, el envejecimiento de los profesores en la universidad de Panamá no representa un problema mayor. Sin embargo, en diez años más un número considerable de profesores arribará a su séptima  década de vida; para 2017, poco menos de mil tendrán 60 o más años de edad, sobre todo los de jornada completa. Si a ello se agrega que las condiciones para el retiro laboral conllevan pérdidas significativas en los ingresos que desalientan la jubilación, se podrían esperar diversos efectos para la Universidad. Por una parte, con base en la información analizada, es probable que este numeroso conjunto de profesores disminuya sensiblemente el ritmo de su producción, sobre todo en la generación de conocimiento nuevo. Por otro lado, resulta probable que los maduros experimenten un deterioro en su salud que les impida una dedicación plena al trabajo académico.

También podrían agudizarse las diferencias entre las imágenes de profesión académica: de un lado, una diversificada en los frentes de enseñanza, investigación y extensión pero representada por un reducido número de profesores; de otro lado, una concentrada en la transmisión de conocimientos y cultivada por un nutrido número de profesores maduros. Finalmente, podría haber un escenario institucional menos desalentador, sobre todo si se continúa con el ritmo de incorporación de jóvenes académicos, aunque eso no evitaría el paso de los años en una parte importante de la planta académica. Pero más allá de los posibles efectos institucionales, se encuentra el derecho de los académicos a vivir la vejez decorosamente, ya que fueron ellos los que sostuvieron durante décadas a la institución, derecho que no parecería alcanzarse dadas las actuales condiciones ofrecidas por el sistema de pensiones y jubilaciones.

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