En los
últimos años, la Universidad de Panamá comenzó a preocuparse por el cambio
generacional de su profesorado e iniciaron planes de jubilación anticipada. Los
responsables tenían mucho cuidado de que no pareciera que rechazaban la
experiencia y la sabiduría de los mayores, pero les preocupaba que se estuviera
produciendo una especie de tapón generacional. El equilibrio entre la
experiencia y la renovación nunca ha sido fácil. Mientras algunos defienden con
uñas y dientes que el trabajo intelectual no tiene edad, otros reclaman la
necesidad de la frescura que aportan los jóvenes, sobre todo en mitad de un
proceso de cambio como el que afronta la Universidad de Panamá en estos
momentos. En la actualidad, el envejecimiento de los profesores en la universidad
de Panamá no representa un problema mayor. Sin embargo, en diez años más un
número considerable de profesores arribará a su séptima década de vida; para 2017, poco menos de mil
tendrán 60 o más años de edad, sobre todo los de jornada completa. Si a ello se
agrega que las condiciones para el retiro laboral conllevan pérdidas
significativas en los ingresos que desalientan la jubilación, se podrían
esperar diversos efectos para la Universidad. Por una parte, con base en la
información analizada, es probable que este numeroso conjunto de profesores
disminuya sensiblemente el ritmo de su producción, sobre todo en la generación
de conocimiento nuevo. Por otro lado, resulta probable que los maduros
experimenten un deterioro en su salud que les impida una dedicación plena al
trabajo académico.
También podrían agudizarse las diferencias entre las
imágenes de profesión académica: de un lado, una diversificada en los frentes
de enseñanza, investigación y extensión pero representada por un reducido
número de profesores; de otro lado, una concentrada en la transmisión de
conocimientos y cultivada por un nutrido número de profesores maduros.
Finalmente, podría haber un escenario institucional menos desalentador, sobre
todo si se continúa con el ritmo de incorporación de jóvenes académicos, aunque
eso no evitaría el paso de los años en una parte importante de la planta
académica. Pero más allá de los posibles efectos institucionales, se encuentra
el derecho de los académicos a vivir la vejez decorosamente, ya que fueron
ellos los que sostuvieron durante décadas a la institución, derecho que no
parecería alcanzarse dadas las actuales condiciones ofrecidas por el sistema de
pensiones y jubilaciones.
ResponderEliminarPueden hacer comentarios a María.
Idelfonso
ResponderEliminarEsos párrafos gorditos están buenos para divertiré leyendo. Bien.
Idelfonso